Director de la prueba PISA cuestiona desempeño de estudiantes chilenos de elite

Publicado en La Tercera 07-09-2009
Andreas schleicher, director de la División de Análisis e Indicadores de la Ocde

Un año menos sin asistir a la escuela. Esa es la diferencia que separa a los mejores estudiantes chilenos de sus pares de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico que rinden la prueba PISA. Se trata de aquellos que tienen todo para progresar: padres educados, libros y acceso a internet en casa y un buen nivel socioeconómico.

Aún así, sus pares de la OCDE, con quienes comparten un sitial en el 25% de mayores ingresos del índice socioeconómico y cultural de la organización (que mide, entre otros, acceso a libros e internet y la educación de los padres), los aventajan, en promedio, en 69 puntos en matemáticas, en 44 en ciencias y 29 en lectura.

Esa es una de las principales tareas que tiene Chile por delante: mejorar la equidad y subir el techo, comentó Andreas Schleicher, director de la División de Análisis de la OCDE. “Hay escuelas con estudiantes privilegiados en términos socioeconómicos, con perfil comparable al de los países de la OCDE, que muestran resultados decepcionantes”, declaró a La Tercera el encargado de la prueba Pisa.

SUPERAR LA INEQUIDAD
En efecto, Chile no sólo tiene una gran inequidad en sus resultados -hay una diferencia de rendimiento de 51% entre las escuelas, de las más altas de los países que rinden el test-, sino también los alumnos de más altos ingresos tienen resultados modestos en comparación con sus pares de la entidad. Si se comparan con el promedio de los alumnos que rinden el test, están por debajo en matemáticas (nueve puntos) y sólo se equiparan en ciencias y lectura.

Sólo uno de cada cien alumnos chilenos está en los niveles superiores de desempeño de matemáticas, mientras que en los países de la OCDE, 10 de cada 100 están en esos niveles. En ciencias, el 39% de los estudiantes está en el nivel 1 o debajo de éste y menos del 9% está en la categoría superior.

“Si Chile quiere jugar un papel importante en la economía mundial, no es suficiente parecerse al mundo en promedio, sino también tener una elite que pueda liderar los cambios”, enfatiza Schleicher.

LAS RAZONES
“Pisa mide que los alumnos apliquen sus conocimientos a situaciones novedosas. Y nosotros formamos mucho en contenidos, y cuando aplicamos contextos, usamos aquellos en los que el estudiante está familiarizado”, explica Ernesto Treviño, de la Facultad de Educación de la UDP.

No se trataría entonces de los contenidos -lo que se evalúa en Pisa está en el currículo chileno-, sino de lo que llega a las aulas y de qué forma. Un ejemplo: mientras un tercio de las preguntas de Pisa son sobre interpretación de gráficos y probabilidades y el tema está en el currículo local, los profesores de octavo básico y de segundo medio señalaron, en un estudio de los investigadores del Mineduc, Raúl Gormaz y Luis Alfaro, que no pasan esta materia. “Los profesores chilenos están todavía en la lógica de hacer un ejercicio abstracto, enseñar la fórmula y luego dar de tarea 20 ejercicios iguales”, explican Gormaz y Alfaro.

Sin embargo, la reforma curricular de hace ya más de una década planteaba un enfoque en competencias, esto es, que los alumnos aprendieran a aprender y no sólo memorizaran fórmulas. ¿No ha llegado aún a las aulas chilenas? “El mejoramiento en comprensión lectora en Pisa es un indicio de que estaría funcionando. Pero nos hace falta formar profesionales que tengan orientación de competencias en ciencias y matemáticas”, aclara Treviño.

Es ahí precisamente donde el tema vuelve a caer en la formación docente. “Hay un tratamiento superficial de contenidos y, además, todavía enseñamos materias no conectados a los contextos. Las universidades tenemos una responsabilidad al respecto”, dice Horacio Walker, decano de Educación de la U. Diego Portales.

Por lo pronto, las facultades de Educación están trabajando en una reformulación de sus planes de estudio. “Queremos que en básica las materias sean impartidas por profesores especialistas: el profesor tiene que dominar el contenido para enseñarlo de manera adecuada”, explica Cristián Cox, director de Centro de Estudios de Políticas y Prácticas en Educación de la UC.

Además, se está trabajando en una actualización del currículo a partir de 2010, de manera de adelantar algunas materias y profundizar otras y equiparar el nivel de conocimientos de los alumnos al de los países de la OCDE.

“HAY QUE APLICAR LO QUE OTROS HACEN”
Andreas schleicher, director de la División de Análisis e Indicadores de la Ocde. Es el coordinador del Programa Pisa, prueba que mide las capacidades de los alumnos de 15 años en más de 50 países, en ciencias, matemáticas y lectura. Profesor honorario de la U. de Heidelberg, Estuvo de visita en Chile esta semana en el marco de un seminario organizado por el Mineduc y el Banco Mundial.

Siempre nos comparamos con Finlandia, pero ¿qué necesitamos para ser como ellos?
Siempre es bueno compararse con los mejores países, aunque también es necesario aplicar lo que otros hacen. Finlandia tiene estándares muy ambiciosos, pone énfasis en la excelencia de sus escuelas, es capaz de que los mejores profesores entren a la carrera docente y que hagan clases en las escuelas difíciles. Chile puede aprender mucho de eso y podría contribuir a mejorar la segregación, que es uno de los grandes problemas del sistema chileno.

¿Cómo se puede superar esta segregación de las escuelas?
Es difícil, pero hay buenos ejemplos de cómo lograrlo. Está el caso de Polonia o de Corea, que consiguieron en pocos años moderar el impacto de la situación socioeconómica de sus alumnos. En Polonia, por ejemplo, mezclaron a alumnos de distintos niveles económicos en las escuelas y redujeron la diferencia entre ellas de 51% a 16%. La composición de las escuelas en Europa es mucho más heterogénea socialmente que en Chile. Acá, la segregación socioeconómica no deja que el potencial de muchos estudiantes brillantes se desarrolle. Es importante que los profesores sepan trabajar con la heterogeneidad, tal como se hace en Finlandia. Los países exitosos no hacen magia.

Qué otra cosa se debería hacer para mejorar el rendimiento. ¿Aumentar los recursos?
Los sistemas más exitosos no son los que gastan más. Lo que importa es cómo se invierten los recursos escasos. Si las escuelas mejoraran su eficiencia se podría reducir en 20% los recursos que se destinan a ellas.

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El origen de la desigualdad (Carlos Ominami)

Publicado en La Tercera 29-10-2010

Discúlpenme. Me carga la prepotencia, pero me gusta la claridad. Los dos resultados fundamentales de la Casen 2009: el aumento de la pobreza y de la desigualdad eran absolutamente previsibles. Tuve ocasión de decirlo en diversos lugares y foros, incluida La Moneda y, por cierto, el Senado.

Lo que nos trae la encuesta son malas noticias. La primera de ellas es el aumento de la pobreza, la que pasó del 13,7% al 15,1%, y significó en términos prácticos que 355 mil chilenos cayeron por debajo de la línea de pobreza. La nueva información muestra, además, que la desigualdad también aumenta. Un dato crucial: si se toman los ingresos autónomos, promedio, de los hogares que representan el 10% más pobre, tenemos que estos pasan de $ 86.537 en el 2006 a $ 63.891 en el 2009.

En el otro extremo, se da la situación opuesta. En el decil de los hogares más ricos, los ingresos autónomos aumentan de $ 2.704.924 a $ 2.955.815. Esto explica que de un 1,2%, la participación del decil más pobre en el ingreso nacional caiga a un 0,9%, y que el decil más rico, pase del 38,6% al 40,2%.

Pero estos datos no reflejan el conjunto de la realidad. Para ello hay que incorporar las transferencias que se realizan desde el Estado a los distintos sectores. Así, la situación del 10% más pobre experimenta una mejoría: llega a los $ 114.005. Sin embargo, la comparación entre el 2009 y el 2006 muestra que la situación del decil más pobre, incluyendo las transferencias, sólo mejoró $ 995.

Lo importante, entonces, es reconocer, en primer lugar, que en estos años aumentó la pobreza y la desigualdad y dar una explicación plausible. A lo menos tres elementos deben ser considerados.

El primero tiene que ver con la naturaleza del modelo de crecimiento imperante. Es en la existencia de un modelo altamente concentrado, basado en la exportación de un número reducido de materias primas, con relativo poco valor agregado, donde hay que encontrar la causa esencial de estos fenómenos. En un reciente libro, editado por la Fundación Chile 21 en conjunto con la Corporación Andina de Fomento, hay abundante evidencia respecto de cómo la heterogeneidad estructural de la economía chilena es responsable de estas desigualdades.

En segundo lugar, queda claro que a pesar de su importancia, las transferencias del Estado son insuficientes. En el caso de los últimos tres años, y tomando como referencia el 10% más pobre, apenas lograron compensar la caída producida en los ingresos autónomos de las personas.

En este sentido, es cierto lo que dice la ex Presidenta Bachelet: si no existiesen estas transferencias, la situación de los más desfavorecidos sería más dramática. Entonces, las preguntas son por qué las transferencias no son de mayor significación; por qué la Concertación congeló una reforma tributaria progresiva hace más de 15 años, no obstante que el Estado no logra financiar las transferencias que ayuden a superar la heterogeneidad estructural.

Por último, la forma como opera el mercado laboral es también fuente de desigualdades. En Chile se puede ser trabajador formal sin que ello sea garantía de superación de la línea de pobreza. Mientras no más del 10% de los trabajadores negocie colectivamente y la fuerza sindical se mantenga tan debilitada será difícil producir mejoras sustanciales en esta estructura de distribución de ingreso, que es una vergüenza.

Estos resultados generan debates, cuya aspereza no es proporcional a su profundidad. Más aun, existe una cierta coincidencia en los diagnósticos del oficialismo actual y el viejo establishment de la Concertación: la falta de referencia a los fundamentos estructurales de la pobreza y la desigualdad.

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Pobreza y desigualdad (Cristián del Campo SJ)

Publicado en La Tercera 02-02-2011

HEMOS CONOCIDO los resultados de la Encuesta Post Terremoto realizada por Mideplan, donde medio millón de chilenos cayeron bajo la línea de la pobreza como consecuencia de la catástrofe ocurrida en febrero del año pasado en nuestro país. El ministro Felipe Kast destacó que esto fue “un verdadero tsunami social”, y ciertamente lo fue.
La medición -más allá de la discusión metodológica-nos dice que casi uno de cada cinco chilenos vive en situación de pobreza. Por lo mismo, el gobierno ha señalado como desafío reducir la pobreza extrema a la mitad. Enhorabuena.
Si hay algo que debemos celebrar es que la tarea de superar la pobreza en nuestro país se haya instalado como un desafío presente en las agendas de los distintos sectores políticos. A pesar de los últimos retrocesos en materia de superación de la pobreza y de las legítimas diferencias en las políticas y énfasis para sacar a más chilenos de ese estado, no es un hecho menor que exista un consenso acerca de lo prioritario que resulta, como sociedad chilena, entregar un mínimo digno a todos quienes habitan en este país. Esto resulta aún más promisorio si, de una vez por todas, consideramos que Chile es un país cuyo ingreso per cápita es casi 10 veces mayor que la línea de pobreza. Es decir, están dadas todas las condiciones: no sólo tenemos la convicción, sino que tenemos todos los recursos para hacer posible que ningún chileno tenga que vivir con menos de $ 63.000 al mes.
Pero ¿y la desigualdad? ¿Qué pasa con este factor? ¿Cómo ha variado la brecha de ingresos en nuestro país? La implacable estabilidad del índice Gini en los últimos 20 años pareciera evidenciar la ineficacia de la política social para acortar las brechas de ingresos. ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué los índices de pobreza han disminuido -a pesar de los aumentos en los últimos años-y los índices de desigualdad se mantienen iguales?
Creo que el problema no pasa sólo por malas políticas al respecto, sino que por un problema de fondo. Buena parte del fracaso nacional en la reducción de la desigualdad es consecuencia de la falta de consenso sobre la necesidad de reducirla. Así como hay muchos que creemos necesario disminuir las brechas, hay muchos otros que no consideran la desigualdad como un mal a combatir. Para éstos, mientras los pobres estén mejor-en términos absolutos-, da lo mismo cuánta distancia tengan con los más ricos.
Un buen debate sobre la desigualdad debiera, al menos en la discusión teórica, incluir dos ejes de diálogo: el primero, enfocarse en debatir inteligentemente sobre si vivir en una sociedad más igualitaria tiene alguna incidencia práctica relevante sobre la calidad de vida de los chilenos; el segundo, sobre si creemos que la igualdad es un valor social en sí mismo y, por tanto, deseable de ser procurado.
Una sociedad más igualitaria es el sueño de muchos, donde las desigualdades que existan sean consecuencia del mérito, no de la cuna. Dado que la inequidad de nuestra sociedad es estructural, las únicas soluciones eficaces serán las de largo plazo y, por tanto, fruto de un consenso mayor. Para alcanzar ese consenso, el primer paso es sentarse a conversar en serio sobre el tema, incluso con aquellos que no creen que la desigualdad sea un problema.

Cristián del Campo, SJ

Capellán de Un Techo para Chile

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El conflicto de las universidades (Carlos Peña)

Publicado en El Mercurio 03 de Julio 2011

¿Cómo deben ser tratadas las universidades? ¿Y los estudiantes?
Desde luego, no parece razonable tratar igual a las universidades estatales que a las universidades privadas.
Las razones se comprenden fácilmente cuando se compara la situación de la Universidad de Chile (estatal) con la de la Universidad Católica (privada). La primera concentra a los mejores alumnos de las escuelas municipalizadas y subvencionadas. La segunda concentra a los estudiantes más talentosos del sector particular pagado. La primera es neutra a todas las creencias, la segunda es confesional.
¿En qué país se trata igual a entidades tan distintas, una que reproduce las élites (la Universidad Católica) y otra que ayuda a hacerlas más diversas (la Universidad de Chile)? ¿En qué parte el Estado trata de la misma forma a una institución que promueve un punto de vista religioso y a otra que, en cambio, los admite todos bajo una regla de igualdad?
En ninguno, salvo en Chile.
Por supuesto, las universidades privadas deben recibir aportes con cargo a rentas generales en la medida que produzcan bienes públicos (es el caso, sin duda, de la misma Universidad Católica); pero no parece que tengan buenas razones para recibir aportes directos o subsidios a la oferta.
Y si no es razonable tratar igual a las universidades estatales que a las privadas -como lo muestra la comparación entre la Chile y la Católica- tampoco parece correcto tratar igual a todas las privadas.
Ocurre que entre las universidades privadas hay algunas que reinvierten la totalidad de sus excedentes (es decir, se trata de instituciones sin fines de lucro ) y otras que, echando mano a distintas artimañas, permiten que parte de esos excedentes se apropien por sus controladores o propietarios (es decir, se trata de instituciones con fines de lucro).
¿Habrá que tratar igual a las universidades que persiguen fines de lucro y a aquellas que, en cambio, no lo hacen?
Parece obvio que no. Si se admitiera la existencia de universidades con fines de lucro (como ocurre en EE. UU., Brasil, Colombia, Nueva Zelandia, China, Japón), habría que construir un estatuto que las regule y que impida que reciban subsidios o exenciones de toda índole. Lo que no parece sensato es que, como ocurre hoy, se prohíba la existencia de universidades con fines de lucro; pero se tolere al mismo tiempo que esa regla se transgreda. O se cambia la ley o se la fiscaliza. La tercera vía en estas materias tampoco existe.
Las precedentes distinciones permitirían transitar hacia un sistema universitario mejor orientado. En él habría instituciones estatales fuertes cuya presencia impediría que los puntos de vista particulares (legítimos, pero particulares) anegaran el sistema educativo; instituciones privadas sin fines de lucro que podrían acceder a fondos competitivos sujetos a estricta rendición de cuentas; e instituciones privadas con fines de lucro carentes de todo tipo de subsidio.
Esas distinciones, sumadas a un sistema de acreditación capaz de medir el desempeño, asegurarían un sistema diverso, con pocas asimetrías de información entre las instituciones y quienes las eligen.
¿Y los estudiantes? ¿Cómo debiera tratárselos?
Al revés de las instituciones, a los estudiantes debiera tratárselos igual con prescindencia del lugar en que prefieran estudiar. Este principio obliga a igualar los subsidios y las becas entre los estudiantes que asisten a las universidades estatales y aquellos que asisten a las universidades privadas. Tratar distinto a los estudiantes según cual sea la institución que elijan, carece de toda justificación. Si un estudiante -por razones de fe- decide asistir a una universidad privada confesional, ¿por qué habría de negársele el subsidio? ¿Por qué sólo podrían elegir de acuerdo a sus creencias quienes pueden pagar por sí mismos?
Los principios anteriores -tratar distinto a las universidades, pero igual a los estudiantes- ayudarían a diseñar un sistema diverso, capaz de medir el desempeño de sus instituciones y de distribuir más equitativamente las oportunidades entre los alumnos.
Quizás sea hora de deliberar en torno a esas alternativas. Deliberar, por supuesto, no es lo mismo que negociar. En una deliberación se pesan razones, en una negociación se intercambian intereses. Heidegger, cuando diagnosticaba el problema de nuestro tiempo, decía, en contra de Marx, que hemos pensado de menos y obrado de más.
Al mirar el conflicto educacional es difícil no darle la razón a Heidegger.

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Malestar Universitario (Eduardo Engel)

Publicado en La Tercera, 11 de junio del 2011

La agresión del ministro de Educación por un grupo de estudiantes universitarios marcó la semana noticiosa, generando el repudio de los sectores más diversos. El líder de los estudiantes que irrumpieron durante la celebración de los 30 años de existencia de las universidades privadas explicó que querían entregarle al ministro una petición para que se retractara de declaraciones perjudiciales para la institución donde estudia (la Utem).

Más allá de que tiene que haber formas más civilizadas de entregar petitorios a la autoridad, las protestas universitarios se han multiplicado en semanas recientes, luego del anuncio del gobierno de una gran reforma de la Educación Superior. Para evaluar las propuestas del gobierno, conviene comenzar por preguntarse cuáles son los principales desafíos en materia de educación universitaria y técnico-profesional (las dos componentes de la educación superior) y en qué medida las reformas propuestas se hacen cargo de estos desafíos.

El principal problema de la educación superior chilena es que los estudiantes de menores ingresos son los que más pagan, recibiendo una educación de peor calidad. La gran desigualdad que existe en la calidad de la educación básica y media persiste al llegar a la educación superior, con el agravante de que el Estado entrega un subsidio bien focalizado para la educación básica y media, mientras que los subsidios universitarios favorecen mayoritariamente a sectores de altos ingresos.

La educación superior se masificó a partir de la desregulación del sector en 1981, pasando de 120 mil a un millón de estudiantes matriculados en tan sólo tres décadas. El número de estudiantes matriculados se duplicó durante los 80, el 90% del crecimiento de esa década fue en la educación técnico-profesional, mientras que la matrícula universitaria creció sólo un 10%. Seguramente el gobierno militar puso cortapisas al crecimiento del segmento universitario, porque no lo miraba con simpatía. A partir de 1990, en cambio, el sector que crece rápidamente es el universitario, pasando de 125 mil estudiantes en 1990 a 560 mil el 2010. Aproximadamente la mitad de los estudiantes universitarios en la actualidad están en universidades privadas.

Quienes egresan de la universidad en general recibirán ingresos muy superiores a los que habrían recibido si hubiesen ingresado al mercado laboral luego de terminar de la educación media. Esto vale tanto para quienes van a los buenos colegios y luego ingresan a las mejores universidades, como para quienes van a colegios de mala calidad y luego acceden a instituciones de educación superior de calidad similar a la de sus colegios. En este último caso es probable que la educación superior supla deficiencias de la educación media, de modo que aun si no entrega conocimientos particularmente sofisticados, igual permite a sus egresados mejorar sus ingresos.

Una fuente de financiamiento para las universidades viene del Aporte Fiscal Indirecto (AFI) que premia a las universidades donde se matriculan los 27.500 alumnos con los mejores resultados en la PSU. Del orden de 800 mil pesos anuales por cada alumno y una señal de prestigio para las universidades que logran atraer una fracción importante de los alumnos con AFI.

En la actualidad, el 12% de los alumnos que rinde la PSU proviene de colegios particulares, un 41% de establecimientos municipales y un 47% de colegios particulares subvencionados. Sin embargo, la fracción de estudiantes de colegios particulares que acceden a las mejores universidades es mucho mayor. Las dos universidades chilenas que aparecen entre las mejores 500 universidades del mundo en los rankings internacionales son la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica (PUC). Un 67% de los estudiantes de la PUC y un 38% de los estudiantes de la Universidad de Chile provienen de colegios particulares, porcentajes muy superiores al 12% de los alumnos que representa este segmento entre quienes rinden la PSU.

La conclusión es similar si se considera criterios más sutiles para medir la calidad de las instituciones de educación superior. La mayoría de los estudiantes de nivel socioeconómico medio y bajo accede a instituciones de peor calidad. Y, porque a estos estudiantes en general les va peor en la PSU, una fracción mucho menor entre ellos que entre los estudiantes de altos ingresos tiene acceso al AFI.
Teniendo en cuenta el diagnóstico anterior, varias de las medidas anunciadas por el Presidente Piñera en su mensaje del 21 de mayo apuntan en la dirección correcta, aunque de manera un tanto tímida. Entre ellas más becas a estudiantes que postulan a la educación técnica y profesional.

El anuncio de que se incorporará el ranking de los estudiantes en su curso de enseñanza media en los criterios que determinan quiénes son aceptados en las instituciones de educación superior, dando menos ponderación a la PSU, es interesante, ya que existe evidencia de que este indicador captura el grado de perseverancia y hábitos de estudio, los cuales auguran un mejor rendimiento en la educación superior, premiando a estudiantes con potencial a pesar de provenir de un colegio de menor calidad.

Sin embargo, una medida de este tipo podría llevar a los estudiantes a colaborar menos con sus compañeros, ante el temor de perjudicar sus posibilidades de acceder a buenas opciones en la educación superior. Lo cual lleva a considerar opciones alternativas, partiendo por preguntar por qué seguimos empecinados con la PSU, cuando la antigua Prueba de Aptitud Académica tenía un efecto igualador mayor.
Otra opción es que un tercio de las platas AFI vaya para estudiantes de colegios municipales, un tercio para estudiantes de colegios particulares subvencionados y un tercio para estudiantes de colegios particulares pagados. Lo de los tres tercios es un tanto arbitrario, pero la idea es que dentro de cada uno de los grupos la selección sea en base a méritos, sin que los alumnos de un mismo curso sientan que ayudar a su compañero los puede perjudicar. Lo anterior debiera complementarse con medidas adicionales que hagan más atractivo para las mejores universidades matricular a estudiantes de menores ingresos.

Varios líderes estudiantiles han reclamado porque la mayor parte de los nuevos recursos que se destinarán a la educación superior beneficiarán a instituciones que, en la práctica, lucran con la educación. El Ministro Lavín tiene un talón de Aquiles en este tema, porque hace algunos años vendió su participación en una universidad privada. Las universidades privadas son corporaciones sin fines de lucro, por lo cual no tienen dueño y luego nadie debiera poder vender su participación en una de ellas. Lo que sucede es que existen una serie de artimañas que permiten burlar el espíritu de la ley. Una posibilidad es que la universidad arriende los terrenos y edificios donde funciona a una empresa con fines de lucro. Basta que ésta cobre precios más altos que los precios de mercado para licuar las eventuales utilidades que genere la universidad.

Al respecto, algunos opinan que debiera sincerarse la situación imperante y permitirse el lucro en la educación superior. Otros, entre los cuales me incluyo, preferimos que se aplique la ley, sobre todo para las universidades. Esto, porque las universidades tienen un rol social importante, formando ciudadanos informados, críticos y participativos, fortaleciendo la democracia. Una posición intermedia es permitir universidades con y sin fines de lucro. Esto al menos premiaría a aquellas universidades privadas que han hecho un esfuerzo loable por crear un gobierno corporativo que se atiene al espíritu de la ley.

La masificación de la educación superior en Chile ha sido positiva para el país, explicando la mejora en la distribución del ingreso que ha comenzado a manifestarse en la encuesta Casen en años recientes. Siete de cada 10 estudiantes son parte de la primera generación de su familia en estudiar en la universidad.

No obstante lo anterior, la asignación de recursos a la educación superior dista mucho de ser la correcta. Debieran asignarse más recursos y los que se asignan debieran beneficiar más a estudiantes de colegios municipales y privados subvencionados. No está claro por qué protestan los estudiantes universitarios, pero la mayoría de ellos tiene motivos para protestar.

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Revienta la Teta (Felipe Lamarca)

Publicado en Reportajes La Tercera, 09 de julio del 2011

Revienta la teta… y las trenzas del mundo político y corporativo están consternadas. Su propia perplejidad contribuye a alimentar las protestas. A las dirigencias políticas y empresariales les cuesta explicarse que esto ocurra en un país que efectivamente registra enormes progresos en el estrecho período de una generación. No les cuadra que si la economía está creciendo los chilenos estemos insatisfechos. Se resisten a aceptar que el alma de nuestra sociedad desborde los ejes de la política y el PIB. La gente no vive de las tasas de crecimiento ni de las cifras que salen de las encuestas de opinión. El pulso anímico y las expectativas ciudadanas dependen, ciertamente, de variables más finas que tienen que ver con el liderazgo y la transparencia, con la confianza y el cariño. Por eso están en crisis la educación media y la universitaria y los sistemas de salud se encuentran sobreexigidos. Por eso, grupos sociales hasta ahora excluidos presionan por reconocimiento y diversidad. Por eso, en regiones surgen nuevas demandas de autonomía y descentralización.

Como estamos desconcertados y han desaparecido los antiguos referentes, como no encontramos el norte, se diría que nos hemos ido acostumbrando a vivir en una sociedad 3D. La desigualdad, la deuda y la delincuencia copan en proporciones parecidas la agenda informativa, reaparecen en las banderas de lucha de los manifestantes y nos están abrumando. Y se hace cada vez más difícil ocultar tanto los síntomas como las causas. Se hace difícil subestimar, por ejemplo, que el sueldo del capital en los últimos 20 años, medido por el Igpa, haya subido en términos reales 3,8 veces, en circunstancias que el sueldo del trabajo, expresado también en términos reales, creció en el mismo período sólo 1,6 vez. Los estudios en relación a la deuda, por otra parte, están mostrando que el 40% de los ciudadanos que son sujetos de crédito ha registrado algún tipo de mora. Y en materia de delincuencia, los indicadores, a pesar de logros puntuales, tampoco son mucho mejores. Basta sumar los minutos que la televisión destina al tema todos los días para dimensionar la amplitud del fenómeno y los nuevos estándares de violencia que han aparecido.

Pero es, tal vez, en el campo de las desigualdades y las diferencias donde se está librando la madre de todas las batallas. Es verdad que en términos de progreso material Chile ha logrado satisfacer una fracción importante de las expectativas de la población. Sin embargo, las brechas siguen siendo tanto o más grandes que el pasado y algo está ocurriendo que ahora se han vuelto más irritantes.
Por cierto, esto no era lo prometido. No era lo prometido por la transición política o por el modelo económico; a lo mejor tampoco era lo que se esperaba del actual gobierno.

Por decirlo en pocas palabras, ocurre que el capital se tomó la cancha e impuso un ritmo de trabajo sobrehumano. Este factor, unido a una publicidad desenfrenada que apela a las sanciones del bullyng social para todo quien se resista a entrar al baile, estableció en Chile estándares móviles de consumo que supuestamente iban a mejorar nuestra autoestima y nos harían más respetables y felices como sociedad, asegurando, de paso, un piso cada vez más alto para la demanda.

El problema es que todos, cual más, cual menos, mordimos el anzuelo. Y porque lo hicimos hoy cargamos con la sensación de trabajar muy duro y de andar corriendo por la vida a comprar muchas cosas que en realidad no necesitamos.

Que el problema no se reduce a una pura cuestión de ingresos queda demostrado cuando observamos un cierto clasismo incluso en el nivel de las remuneraciones de un amplio sector de la pirámide laboral. De hecho, se ha vuelto de lo más común encontrar abnegados mandos medios industriales, con bastante experiencia, responsables de la producción, día, noche y festivos, en localidades lejanas, cuyo enorme compromiso con el trabajo hace andar las industrias como si fueran propias, pero que, sin embargo, han de conformarse con ingresos parecidos a los de jóvenes profesionales recién egresados. Hay una enorme asimetría en esta paridad. En realidad, el caso de unos y otros no admite comparación alguna en términos de responsabilidad y capacidad de decisión, tanto en el acierto como en el error. El costo que pudiera tener para las compañías la caída de una línea de producción, el desperfecto de una turbina o el sobrecalentamiento de un motor industrial no guarda relación con las observaciones agudas o con leseras que pueda decir un profesional que recién se está iniciando.

Incluso, dentro de la lógica del mercado comienza a ser impresentable el divorcio entre los retornos que obtiene el capital y los que consigue el trabajo. Sabemos que capital y trabajo se necesitan mutuamente. Sabemos que en la actualidad ya no existe la escasez dramática de capital que Chile enfrentó en otras épocas. Sabemos también que el desempleo ha caído. Sin embargo, las brechas son porfiadas y no ceden.

No es raro, por lo mismo, que las calles estén congregando a tanto rebelde con causa. Pero esta no es la crónica de una muerte anunciada, como se pretende por ahí. No es verdad que Chile sea o haya sido siempre una porquería. Tampoco nos compremos la teoría del mal de la época, que mete en un mismo saco las protestas de Atenas, Madrid o Santiago. No, lo que estamos viendo es una severa advertencia para que corrijamos el rumbo en beneficio de todos, tarea que, estoy seguro, nuestras autoridades desean y serán capaces de hacer.

Llegó la hora de ir haciendo carne una “constitucionalidad social” que recoja el imperativo de equilibrios más razonables. Necesitamos sentar nuestra convivencia sobre bases no sólo más justas, sino también más amables. Necesitamos abrirle la puerta a la diversidad de las personas y a la libre identidad de las regiones. Necesitamos un balance patriótico que, además de aprobar en los grandes números, califique también en el corazón de la gente.
Ahora es el momento de actuar. Sería un error no reconocer en diversas movilizaciones demandas sociales que tienen fundamento. Hay que ir rompiendo ya diversos y arraigados nudos gordianos de la inequidad. Hay que avanzar, por ejemplo, a una gran reforma tributaria que aumente el impuesto a las empresas, baje el IVA, suba el tramo exento en los impuestos personales y disminuya su progresividad. Otra tarea urgente: tenemos que radicar la administración y la tutela tanto de la educación como de la salud en las regiones. Basta de centralismo y de presupuestos manejados desde el anonimato en Santiago. Donde mis ojos te vean, claman las regiones.

De alguna manera, habrá que rebarajar el naipe. Tendremos que ser capaces de compatibilizar las distintas escalas de valor que imponen la política, la economía y la vida social. De ahí tendrán que salir nuevas jerarquizaciones, porque es imposible alcanzar todo y al mismo tiempo. Vienen tiempos que van a requerir de mucha psicología, prudencia, generosidad, confianza y espíritu constructivo de todos nosotros.

Está comenzando otro partido. La sociedad está rayando la cancha y corresponderá a los políticos jugarlo dentro de esos espacios. Esto es una novedad, porque hasta ahora era exactamente al revés: los políticos definían el juego, además lo arbitraban y, por lo general -era que no-, lo terminaban ganando.

Felipe Lamarca

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